¿PARA QUÉ CONTAR O LEER CUENTOS A LOS HIJOS/AS?
Cuando un padre o una madre narra un cuento o le canta una canción a su hijo está realizando un acto de amor. En esos momentos le está diciendo lo importante que es para él, ya que le dedica un tiempo de calidad y, a la vez, le está regalando palabras con ritmo y con corazón. (Las palabras de los cuentos sirven para alimentar el alma de los niños y, cuando los escuchan, si les gustan, se quedan con la boca abierta para que vayan entrando por ella palabras llenas de magia que nutren su espíritu).
Lo más gratificante para el padre, la madre o para el maestro es que, una vez que haya terminado de contar un cuento, el niño diga: “Otra vez”. Si un cuento no se merece el “otra vez”, indica que algo ha fallado en dicho cuento.
Los cuentos abren las puertas de la imaginación, de lo mágico, pues en ellos todo resulta posible: los animales pueden hablar, aparecen palabras mágicas para abrir puertas, y los niños descubren que existe besos para despertar a la vida. También les sirven los cuentos a los niños para darse cuenta que en cada uno de nosotros “viven” numerosos personajes. Por tanto, en la medida en que conozcan y se manejen con más roles aumentará su capacidad para desenvolverse mejor en el plano social.
Los cuentos presentan mucha información, pues hablan de geografía (montes, ríos, valles...), de historia, de matemáticas; también dicen lo que les ha ocurrido a otros para que los niños estén atentos y sepan que eso puede pasarles a ellos; o muestran que en la vida se van presentando problemas y que con habilidad, constancia y lucha se pueden ir resolviendo.
Estará bien elegir las lecturas buscando que orienten en la solución de problemas y conflictos internos y, por consiguiente, que no creen nuevas dificultades a los niños. Por tanto, los personajes que aparezcan en los cuentos necesitan tener unos valores y mantener una coherencia, que les sirvan a los niños de referente y les ayude a construir una personalidad equilibrada. Y los padres y el profesorado estarán atentos para canalizar las preguntas y emociones (miedo, tristeza, incertidumbre...) que se despierten en los niños con la lectura.
¿CÓMO SE PUEDE AYUDAR A VENCER LA TIMIDEZ?
Lo más gratificante para el padre, la madre o para el maestro es que, una vez que haya terminado de contar un cuento, el niño diga: “Otra vez”. Si un cuento no se merece el “otra vez”, indica que algo ha fallado en dicho cuento.
Los cuentos abren las puertas de la imaginación, de lo mágico, pues en ellos todo resulta posible: los animales pueden hablar, aparecen palabras mágicas para abrir puertas, y los niños descubren que existe besos para despertar a la vida. También les sirven los cuentos a los niños para darse cuenta que en cada uno de nosotros “viven” numerosos personajes. Por tanto, en la medida en que conozcan y se manejen con más roles aumentará su capacidad para desenvolverse mejor en el plano social.
Los cuentos presentan mucha información, pues hablan de geografía (montes, ríos, valles...), de historia, de matemáticas; también dicen lo que les ha ocurrido a otros para que los niños estén atentos y sepan que eso puede pasarles a ellos; o muestran que en la vida se van presentando problemas y que con habilidad, constancia y lucha se pueden ir resolviendo.
Estará bien elegir las lecturas buscando que orienten en la solución de problemas y conflictos internos y, por consiguiente, que no creen nuevas dificultades a los niños. Por tanto, los personajes que aparezcan en los cuentos necesitan tener unos valores y mantener una coherencia, que les sirvan a los niños de referente y les ayude a construir una personalidad equilibrada. Y los padres y el profesorado estarán atentos para canalizar las preguntas y emociones (miedo, tristeza, incertidumbre...) que se despierten en los niños con la lectura.
¿CÓMO SE PUEDE AYUDAR A VENCER LA TIMIDEZ?
La timidez se puede definir como tener miedo a las personas y comporta baja estima, inseguridad, dificultades en las relaciones, vivencia de incapacidad, dependencia...
A la timidez se suele llegar por dos caminos: por el de la sobreprotección, en el que al niño o a la niña se le cuida en exceso y no se le permite que haga su propio proceso; y por el de “marcarle en demasía”, por lo que, con frecuencia, se siente desacertado, muy controlado y que necesita renunciar a sí mismo para que lo quieran sus progenitores.
Conviene tener en cuenta que algunos niños pequeños precisan más tiempo que otros para relacionarse con naturalidad. Si no se fuerzan las situaciones se puede comprobar que, cuando tienen la seguridad suficiente, el problema de su silencio se resuelve, simplemente respetando su ritmo madurativo.
A la hora de abordar el problema de la timidez se requiere que los padres y madres no cataloguen a su hija o hijo de tímido. No existen niñas o niños tímidos, sino niñas o niños que en determinadas situaciones tienen conductas de timidez. Esto me parece muy importante, puesto que si un hijo escucha de sus padres que “es tímido” se comportará como tal y no colaborará en la solución de esa dificultad.
Además los padres necesitan evitar comentarios en los que, de alguna manera, se refuerza la timidez de su hijo. Por ejemplo: contestar por él cuando le preguntan algo, pues están quitando la oportunidad de afrontar su miedo; tampoco va bien censurarle, amenazarle o castigarle por mostrarse tímido, ni hacer alusiones a sus comportamientos de timidez delante de él, ni razonarle o aconsejarle en exceso sobre la conducta que debería tener, ni compararle con sus hermanos o con algún amigo o compañero de clase.
Por el contrario, un niño que muestra timidez necesita escuchar las felicitaciones de sus padres por sus avances y, además, procurarán que él mismo se los reconozca. A la vez le dirán otras valoraciones positivas de su personalidad, de lo que hace..., evitando hacer alusión alguna a la timidez.
También los padres buscarán situaciones variadas en las que su hijo se maneje con cierta facilidad, para que así pueda ganar confianza y seguridad en sí mismo: invitar a niños a su casa, incluirse en algún grupo para compartir aficiones o practicar deportes...
A la timidez se suele llegar por dos caminos: por el de la sobreprotección, en el que al niño o a la niña se le cuida en exceso y no se le permite que haga su propio proceso; y por el de “marcarle en demasía”, por lo que, con frecuencia, se siente desacertado, muy controlado y que necesita renunciar a sí mismo para que lo quieran sus progenitores.
Conviene tener en cuenta que algunos niños pequeños precisan más tiempo que otros para relacionarse con naturalidad. Si no se fuerzan las situaciones se puede comprobar que, cuando tienen la seguridad suficiente, el problema de su silencio se resuelve, simplemente respetando su ritmo madurativo.
A la hora de abordar el problema de la timidez se requiere que los padres y madres no cataloguen a su hija o hijo de tímido. No existen niñas o niños tímidos, sino niñas o niños que en determinadas situaciones tienen conductas de timidez. Esto me parece muy importante, puesto que si un hijo escucha de sus padres que “es tímido” se comportará como tal y no colaborará en la solución de esa dificultad.
Además los padres necesitan evitar comentarios en los que, de alguna manera, se refuerza la timidez de su hijo. Por ejemplo: contestar por él cuando le preguntan algo, pues están quitando la oportunidad de afrontar su miedo; tampoco va bien censurarle, amenazarle o castigarle por mostrarse tímido, ni hacer alusiones a sus comportamientos de timidez delante de él, ni razonarle o aconsejarle en exceso sobre la conducta que debería tener, ni compararle con sus hermanos o con algún amigo o compañero de clase.
Por el contrario, un niño que muestra timidez necesita escuchar las felicitaciones de sus padres por sus avances y, además, procurarán que él mismo se los reconozca. A la vez le dirán otras valoraciones positivas de su personalidad, de lo que hace..., evitando hacer alusión alguna a la timidez.
También los padres buscarán situaciones variadas en las que su hijo se maneje con cierta facilidad, para que así pueda ganar confianza y seguridad en sí mismo: invitar a niños a su casa, incluirse en algún grupo para compartir aficiones o practicar deportes...
¿CUÁL DEBE SER EL PAPEL DE LOS PADRES CON LOS "DEBERES ESCOLARES"?
Para algunos padres y madres resulta un suplicio conseguir que sus hijos hagan todos los días los “deberes” que les mandan los profesores.
Las razones de por qué les cuesta tanto son variadas: el cansancio al participar en muchas actividades extraescolares, no tener establecido un tiempo fijo o un lugar apropiado; también hay bastantes chicos que utilizan los “deberes” para tener pendientes a sus padres y así recibir su atención.
Los padres necesitan tener claro que los “deberes” son unas actividades que los profesores ponen a sus alumnos, no a sus padres. Por lo tanto, la responsabilidad de realizarlas corresponde a los chicos. Si estos deciden no hacerlas deberán responder ante el profesor que se las puso.
El papel de los padres consiste en garantizar las condiciones adecuadas para que su hijo pueda trabajar sin interferencias y pactar el tiempo necesario (con cierta flexibilidad) para hacer las tareas. Transcurrido dicho tiempo, los padres ya no permitirán que continúe haciendo los “deberes”, aunque no haya terminado. Esto conlleva una serie de ventajas: el niño no estará con las tareas varias horas cuando puede hacerlas en una y los padres evitarán ese proceso cotidiano de repetir una y otra vez: “Haz los deberes”; también se reducirán las broncas y los enfados.
Los padres pueden dar a los hijos alguna ayuda puntual, pero en ningún caso hacerles las tareas, ni caer en la trampa cuando dicen de manera continua: “No lo entiendo”, para que les digan las respuestas o intentar que los padres se “responsabilicen” de sus “deberes”.
Los niños necesitan atención y sentirse queridos por sus padres, por tanto éstos tienen que asegurarse de que su amor les llega. Si no es así, los niños buscarán la forma de que sus padres estén pendientes de ellos, para lo cual pueden recurrir a cuestiones como negarse a comer o a hacer las tareas del colegio.
Algunos padres temen que los profesores piensen que no se preocupan de sus hijos si consienten que vayan a clase con los “deberes” sin hacer. Sin embargo, ayudan más a los hijos si permiten que asuman sus responsabilidades y las consecuencias que se desprendan de ellas.
Va bien que los padres hablen de manera continua con los profesores, máxime cuando se presente alguna dificultad, como las de los “deberes”. En este caso plantearán el problema al profesor-tutor y conjuntamente diseñarán una actuación orientada a resolverlo.
¿QUÉ HACER PARA QUE LOS NIÑOS Y NIÑAS LLEVEN BIEN EL CURSO?
Las razones de por qué les cuesta tanto son variadas: el cansancio al participar en muchas actividades extraescolares, no tener establecido un tiempo fijo o un lugar apropiado; también hay bastantes chicos que utilizan los “deberes” para tener pendientes a sus padres y así recibir su atención.
Los padres necesitan tener claro que los “deberes” son unas actividades que los profesores ponen a sus alumnos, no a sus padres. Por lo tanto, la responsabilidad de realizarlas corresponde a los chicos. Si estos deciden no hacerlas deberán responder ante el profesor que se las puso.
El papel de los padres consiste en garantizar las condiciones adecuadas para que su hijo pueda trabajar sin interferencias y pactar el tiempo necesario (con cierta flexibilidad) para hacer las tareas. Transcurrido dicho tiempo, los padres ya no permitirán que continúe haciendo los “deberes”, aunque no haya terminado. Esto conlleva una serie de ventajas: el niño no estará con las tareas varias horas cuando puede hacerlas en una y los padres evitarán ese proceso cotidiano de repetir una y otra vez: “Haz los deberes”; también se reducirán las broncas y los enfados.
Los padres pueden dar a los hijos alguna ayuda puntual, pero en ningún caso hacerles las tareas, ni caer en la trampa cuando dicen de manera continua: “No lo entiendo”, para que les digan las respuestas o intentar que los padres se “responsabilicen” de sus “deberes”.
Los niños necesitan atención y sentirse queridos por sus padres, por tanto éstos tienen que asegurarse de que su amor les llega. Si no es así, los niños buscarán la forma de que sus padres estén pendientes de ellos, para lo cual pueden recurrir a cuestiones como negarse a comer o a hacer las tareas del colegio.
Algunos padres temen que los profesores piensen que no se preocupan de sus hijos si consienten que vayan a clase con los “deberes” sin hacer. Sin embargo, ayudan más a los hijos si permiten que asuman sus responsabilidades y las consecuencias que se desprendan de ellas.
Va bien que los padres hablen de manera continua con los profesores, máxime cuando se presente alguna dificultad, como las de los “deberes”. En este caso plantearán el problema al profesor-tutor y conjuntamente diseñarán una actuación orientada a resolverlo.
¿QUÉ HACER PARA QUE LOS NIÑOS Y NIÑAS LLEVEN BIEN EL CURSO?
Al comenzar el curso los padres, las madres y los chicos se llenan de buenos propósitos e intentan corregir los errores de los años anteriores. Una de las mayores dificultades está en que los chicos incorporen una serie de hábitos y los mantengan a lo largo de su etapa escolar.
Existen algunas cuestiones básicas y de sentido común sobre las que conviene insistir, entre ellas: que los chicos y las chicas desayunen bien y duerman las horas necesarias, ya que algunos llegan al colegio habiendo tomado sólo un vaso de leche o de zumo, y otros se acuestan tarde porque se quedan a ver la televisión. Todo esto repercute en la falta de atención y en un menor rendimiento escolar.
Además a determinados chicos les irá bien quitarse algunos prejuicios. Por ejemplo, piensan que el curso que acaban de comenzar tiene muchas más dificultades que el anterior; a otros les pesan las “etiquetas” que tienen algunos profesores: son “malos” porque “ponen muchos deberes”, “son duros”, “suspenden mucho”...Y si les toca uno de ellos viven cierta incertidumbre, la cual tiende a desaparecer pues, en la mayoría de los casos, esas “etiquetas” están muy exageradas.
Tanto el profesorado como los padres necesitan cuidar especialmente a aquellos chicos que vivieron experiencias negativas en el centro escolar, bien porque fueron objeto de burla y marginación, o porque repiten curso, o por cualquier otra razón que les lleve a vivir la escuela con sufrimiento.
El papel que los padres jueguen en el tema del estudio puede resultar determinante para el éxito escolar y personal de sus hijos. Éstos necesitan comprobar que sus padres van haciendo un seguimiento del curso: se interesan por sus quehaceres escolares, hablan con los profesores, les felicitan los logros, preguntan por las relaciones con sus compañeros, etc.
En la casa los chicos precisan tener un lugar fijo de trabajo, con las condiciones adecuadas, para que se puedan concentrar en el estudio y realizar las tareas escolares. Además convendrá tener en cuenta la experiencia de los cursos pasados, prestando más atención a aquellas materias en las que tuvieron más dificultades y contemplando aspectos a los que quizá no se les dio la importancia que merecían. Por ejemplo: la planificación del tiempo de estudio y de ocio, ver el lugar que ocupa la lectura, los contactos periódicos con el profesorado tutor o comprobar si los chicos utilizan técnicas de estudio.
¿VA BIEN DEJAR QUE LOS HIJOS/AS CORRAN RIESGOS?
Existen algunas cuestiones básicas y de sentido común sobre las que conviene insistir, entre ellas: que los chicos y las chicas desayunen bien y duerman las horas necesarias, ya que algunos llegan al colegio habiendo tomado sólo un vaso de leche o de zumo, y otros se acuestan tarde porque se quedan a ver la televisión. Todo esto repercute en la falta de atención y en un menor rendimiento escolar.
Además a determinados chicos les irá bien quitarse algunos prejuicios. Por ejemplo, piensan que el curso que acaban de comenzar tiene muchas más dificultades que el anterior; a otros les pesan las “etiquetas” que tienen algunos profesores: son “malos” porque “ponen muchos deberes”, “son duros”, “suspenden mucho”...Y si les toca uno de ellos viven cierta incertidumbre, la cual tiende a desaparecer pues, en la mayoría de los casos, esas “etiquetas” están muy exageradas.
Tanto el profesorado como los padres necesitan cuidar especialmente a aquellos chicos que vivieron experiencias negativas en el centro escolar, bien porque fueron objeto de burla y marginación, o porque repiten curso, o por cualquier otra razón que les lleve a vivir la escuela con sufrimiento.
El papel que los padres jueguen en el tema del estudio puede resultar determinante para el éxito escolar y personal de sus hijos. Éstos necesitan comprobar que sus padres van haciendo un seguimiento del curso: se interesan por sus quehaceres escolares, hablan con los profesores, les felicitan los logros, preguntan por las relaciones con sus compañeros, etc.
En la casa los chicos precisan tener un lugar fijo de trabajo, con las condiciones adecuadas, para que se puedan concentrar en el estudio y realizar las tareas escolares. Además convendrá tener en cuenta la experiencia de los cursos pasados, prestando más atención a aquellas materias en las que tuvieron más dificultades y contemplando aspectos a los que quizá no se les dio la importancia que merecían. Por ejemplo: la planificación del tiempo de estudio y de ocio, ver el lugar que ocupa la lectura, los contactos periódicos con el profesorado tutor o comprobar si los chicos utilizan técnicas de estudio.
¿VA BIEN DEJAR QUE LOS HIJOS/AS CORRAN RIESGOS?
Las personas buscamos la seguridad, más no hay nada seguro; nos resistimos a los cambios, pero todo está en continuo movimiento; a veces -incluso- desearíamos que los hijos no creciesen, más ellos siguen su proceso.
Como no podemos detener los acontecimientos, lo mejor que podemos hacer es aceptar el cambio permanente y ayudar a los hijos a que lo hagan también. Si no les educamos en esa dirección, probablemente, les estemos impidiendo que vivan nuevas experiencias, y el miedo a no hacerlo bien o a fracasar, irá anidando en ellos, por lo que tenderán a vivirse limitados e insatisfechos.
Para que un niño o niña explore, conozca sus posibilidades y atienda sus necesidades, precisa probar, correr riesgos, y cuando algo no le salga como él imaginaba, lo convertiremos en una fuente de aprendizaje. Lo importante no es el resultado, sino cómo se vive el proceso, teniendo claro que no tener acierto en una tarea, no significa ser un fracasado como ser humano.
A veces los padres, bajo el pretexto de cuidarles, les sobreprotegemos, o no les dejamos, por nuestros propios miedos, hacer alguna actividad: ir a colonias de verano, quedarse a dormir con un amigo... En ocasiones, sólo les hacemos ver nuestro punto de vista; o les etiquetamos, diciéndoles: “Tú no vales para eso...”; o pretendemos que hagan lo que hacen todos, importándonos más lo que digan los demás que las necesidades de los hijos.
Si no se les inculca a los niños el sabor de la aventura, de probar..., cuando se hagan adultos, seguramente seguirán haciendo lo conocido para no correr riesgos. Si les ayudamos a incorporar nuevos sueños, otras formas de hacer y de ver las cosas, les estamos enseñando a vivir de forma más plena.
Es nuestra responsabilidad como padres, favorecer que prueben nuevas actividades: visitar lugares, tener otras relaciones, comer alimentos nuevos..., felicitándoles los logros -especialmente cuando empiecen algo- También es fundamental enseñarles a ver que hay distintas formas de vivir la vida y que cada uno necesita encontrar la más adecuada para él.
Los padres y las madres precisamos saber que si tratamos a nuestros hijos como incapaces, se comportarán de esa forma; sin embargo, si los consideramos capaces de hacer algo nuevo, les estaremos ayudando a que poco a poco consigan la seguridad necesaria, se abran a otros horizontes y logren nuevas metas.
¿CÓMO FAVORECER LA CAPACIDAD DE ESFUERZO DE LOS HIJOS/AS?
Como no podemos detener los acontecimientos, lo mejor que podemos hacer es aceptar el cambio permanente y ayudar a los hijos a que lo hagan también. Si no les educamos en esa dirección, probablemente, les estemos impidiendo que vivan nuevas experiencias, y el miedo a no hacerlo bien o a fracasar, irá anidando en ellos, por lo que tenderán a vivirse limitados e insatisfechos.
Para que un niño o niña explore, conozca sus posibilidades y atienda sus necesidades, precisa probar, correr riesgos, y cuando algo no le salga como él imaginaba, lo convertiremos en una fuente de aprendizaje. Lo importante no es el resultado, sino cómo se vive el proceso, teniendo claro que no tener acierto en una tarea, no significa ser un fracasado como ser humano.
A veces los padres, bajo el pretexto de cuidarles, les sobreprotegemos, o no les dejamos, por nuestros propios miedos, hacer alguna actividad: ir a colonias de verano, quedarse a dormir con un amigo... En ocasiones, sólo les hacemos ver nuestro punto de vista; o les etiquetamos, diciéndoles: “Tú no vales para eso...”; o pretendemos que hagan lo que hacen todos, importándonos más lo que digan los demás que las necesidades de los hijos.
Si no se les inculca a los niños el sabor de la aventura, de probar..., cuando se hagan adultos, seguramente seguirán haciendo lo conocido para no correr riesgos. Si les ayudamos a incorporar nuevos sueños, otras formas de hacer y de ver las cosas, les estamos enseñando a vivir de forma más plena.
Es nuestra responsabilidad como padres, favorecer que prueben nuevas actividades: visitar lugares, tener otras relaciones, comer alimentos nuevos..., felicitándoles los logros -especialmente cuando empiecen algo- También es fundamental enseñarles a ver que hay distintas formas de vivir la vida y que cada uno necesita encontrar la más adecuada para él.
Los padres y las madres precisamos saber que si tratamos a nuestros hijos como incapaces, se comportarán de esa forma; sin embargo, si los consideramos capaces de hacer algo nuevo, les estaremos ayudando a que poco a poco consigan la seguridad necesaria, se abran a otros horizontes y logren nuevas metas.
¿CÓMO FAVORECER LA CAPACIDAD DE ESFUERZO DE LOS HIJOS/AS?
El profesorado se lamenta de la poca capacidad de esfuerzo que tienen muchos niños y niñas: “No tienen constancia”, “Se cansan enseguida”, “Si no estás con ellos no trabajan”... Por otra parte, los padres y las madres también encuentran grandes resistencias para que sus hijos se responsabilicen, de manera continua, de las tareas de casa y de sus estudios.
¿Cómo se ha llegado a esta situación? Las causas fundamentales las encontramos en la excesiva permisividad o en la sobreprotección de los padres a los hijos.
Los niños, desde los primeros meses de vida, buscan cómo resolver sus necesidades y van comprobando qué se les permite hacer en las distintas situaciones.
Si se dan cuenta de que una rabieta les sirve para conseguir lo que quieren, la repetirán; si comprueban que en la calle o, en cualquier establecimiento público, los padres se muestran más blandos porque no quieren pasar el trago de escuchar los llantos del hijo, recurrirán a algunas conductas para que le compren el cochecito o las chuches.
Lo cierto es que unas veces por el cansancio de los padres, otras porque no saben decir “no”, otras por comodidad..., los niños consiguen muchas cosas con sólo pedirlas o montando “el número”. Han descubierto los puntos flacos de los padres y los aprovechan. La motivación, el interés y el esfuerzo para superar obstáculos o alcanzar metas disminuyen dado que la mayor parte de las cosas las consiguen con un mínimo o nulo trabajo.
No mantener una constancia para que los niños incorporen hábitos, darles todo lo que piden o hacerles las cosas que pueden resolver solos, les incapacita en gran medida. Las consecuencias se ven en cualquier momento de la evolución del niño y, sobre todo, cuando son mayores. El miedo a emanciparse, la baja autoestima, las dificultades de adaptación o para tomar decisiones, son algunos de los problemas que se les presentan cuando tienen que enfrentarse a un trabajo y valerse por sí mismos.
Por tanto, se hace imprescindible que los padres establezcan unos límites y unas normas que posibiliten a los niños asumir sus responsabilidades cotidianas. Los padres necesitan aprender a decir “no” y mantener firmeza en determinados momentos. Deben tener muy claro que, aunque les resulte costoso aguantar las presiones de su hijo para intentar saltarse los límites, ese “no” que hoy le dicen al niño supone para él un beneficio, aunque ahora no pueda entenderlo.
AUTOCONCEPTO Y AUTOESTIMA
¿Cómo se ha llegado a esta situación? Las causas fundamentales las encontramos en la excesiva permisividad o en la sobreprotección de los padres a los hijos.
Los niños, desde los primeros meses de vida, buscan cómo resolver sus necesidades y van comprobando qué se les permite hacer en las distintas situaciones.
Si se dan cuenta de que una rabieta les sirve para conseguir lo que quieren, la repetirán; si comprueban que en la calle o, en cualquier establecimiento público, los padres se muestran más blandos porque no quieren pasar el trago de escuchar los llantos del hijo, recurrirán a algunas conductas para que le compren el cochecito o las chuches.
Lo cierto es que unas veces por el cansancio de los padres, otras porque no saben decir “no”, otras por comodidad..., los niños consiguen muchas cosas con sólo pedirlas o montando “el número”. Han descubierto los puntos flacos de los padres y los aprovechan. La motivación, el interés y el esfuerzo para superar obstáculos o alcanzar metas disminuyen dado que la mayor parte de las cosas las consiguen con un mínimo o nulo trabajo.
No mantener una constancia para que los niños incorporen hábitos, darles todo lo que piden o hacerles las cosas que pueden resolver solos, les incapacita en gran medida. Las consecuencias se ven en cualquier momento de la evolución del niño y, sobre todo, cuando son mayores. El miedo a emanciparse, la baja autoestima, las dificultades de adaptación o para tomar decisiones, son algunos de los problemas que se les presentan cuando tienen que enfrentarse a un trabajo y valerse por sí mismos.
Por tanto, se hace imprescindible que los padres establezcan unos límites y unas normas que posibiliten a los niños asumir sus responsabilidades cotidianas. Los padres necesitan aprender a decir “no” y mantener firmeza en determinados momentos. Deben tener muy claro que, aunque les resulte costoso aguantar las presiones de su hijo para intentar saltarse los límites, ese “no” que hoy le dicen al niño supone para él un beneficio, aunque ahora no pueda entenderlo.
AUTOCONCEPTO Y AUTOESTIMA
Me parece interesante por un lado definir de forma sencilla que son el autoconcepto y la autoestima pero además podemos ofrecer algunas pautas para que padres y profesorado favorezcamos el desarrollo de la autoestima en nuestros chavales.
AUTOCONCEPTO
Se refiere a la percepción que una persona tiene de sí misma. Es nuestra propia descripción.
Autoconcepto académico
Es la percepción que tu hijo o hija tienen de su valía como estudiantes. Se forma a partir de las experiencias y delos comentarios y apoyos que recibe de las personas de su entorno.
El autoconcepto académico influye sobre el rendimiento y viceversa; esto es, un alumno que confía en sus aptitudes se esforzará por conseguir buenos resultados y esos buenos resultados contribuirán a fortalecer la imagen de buen estudiante. Por lo tanto lo más probable es que lo siga siendo durante mucho tiempo porque se sentirá confiado y se esforzará por mantener esa imagen que se ha ido formando de sí mismo.
AUTOESTIMA
Es el valor que concedemos a la imagen que tenemos de nosotros mismos, en otras palabras, el cariño que nos tenemos por ser como somos.
Una persona, en este caso un niño o niña, que se siente sin confianza en sí mismo, sin la sensación de quererse y de ser querido no podrá lograr un nivel de desarrollo adecuado en cualquier faceta de su vida.
Para favorecer la autoestima:
Aceptar a nuestros hijos e hijas tal y como son. La aceptación implica que no hay comparaciones.
Ser cariñosos. Desde el verdadero cariño se dicen bien todas las cosas.
Demostrar a nuestros hijos que tenemos interés por lo que son y por lo que hacen. Nuestros hijos necesitan saber que son muy valiosos y nosotros somos quienes podemos proporcionarles esos sentimientos.
Permitirles actuar sin sobreprotegerlos continuamente. Exigirles hasta donde pueden llegar.
Confiar en ellos o ellas.
Hacerles ver sus progresos y apoyarlos en las dificultades valorando sus esfuerzos.
Señalar unas normas claras, coherentes y cumplirlas.
AUTOCONCEPTO
Se refiere a la percepción que una persona tiene de sí misma. Es nuestra propia descripción.
Autoconcepto académico
Es la percepción que tu hijo o hija tienen de su valía como estudiantes. Se forma a partir de las experiencias y delos comentarios y apoyos que recibe de las personas de su entorno.
El autoconcepto académico influye sobre el rendimiento y viceversa; esto es, un alumno que confía en sus aptitudes se esforzará por conseguir buenos resultados y esos buenos resultados contribuirán a fortalecer la imagen de buen estudiante. Por lo tanto lo más probable es que lo siga siendo durante mucho tiempo porque se sentirá confiado y se esforzará por mantener esa imagen que se ha ido formando de sí mismo.
AUTOESTIMA
Es el valor que concedemos a la imagen que tenemos de nosotros mismos, en otras palabras, el cariño que nos tenemos por ser como somos.
Una persona, en este caso un niño o niña, que se siente sin confianza en sí mismo, sin la sensación de quererse y de ser querido no podrá lograr un nivel de desarrollo adecuado en cualquier faceta de su vida.
Para favorecer la autoestima:
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